sábado, 4 de enero de 2020

TAL DÍA COMO HOY

En este nuevo año que acaba de comenzar, estamos dedicando las primeras entradas del blog de la 'biblio' a señalar efemérides de escritores. Coincide que tal día como hoy del año 1920 fallecía Benito Pérez Galdós, una de las personalidades ilustres de la literatura española.


Nació en 1843 y desde pequeño le gustó mucho la lectura, la música y la pintura. Comenzó  a escribir artículos en periódicos y finalmente publicó su primera novela en 1870. A partir de esa fecha se dedicó por completo a la literatura escribiendo más de cien títulos entre novelas, cuentos, obras de teatro… Sus escritos hablan sobre la realidad de su época, sobre las personas y costumbres que observaba directamente.

En la página web de la Casa-Museo Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria podemos encontrar diversos recursos educativos para descargar en formato pdf. Traemos a nuestro blog uno de ellos. Se trata de una adaptación de "La princesa y el granuja", uno de los mejores cuentos fantásticos españoles del siglo XIX. Esperamos que os guste.

Pacorrito Migajas apenas tenía más de siete años. Su carilla avejentada y morena le hacía parecer más enano que niño. Sus ojos eran negros y vividores, su boca daba miedo de fea y sus orejas parecían estar pegadas a su cabeza. Vestía una camisa de todos los colores, por lo sucia, y pantalón hecho de remiendos, sostenido con un solo tirante. En invierno se abrigaba con una chaqueta que era de su abuelo, cubría su cabeza con una gorrita y no usaba zapatos ni medias. Estaba solo en el mundo, sin más familia que él mismo. Vendía fósforos, periódicos y algún billete de Lotería. Pasaba las noches en un rincón cualquiera y comía lo que encontraba. 

Nuestro amigo no era feliz porque estaba enamorado de una hermosa dama de cabellos rubios que arrastraba vestidos de seda y terciopelo con vistosas pieles. Ella solía usar gafas de oro y a veces estaba sentada al piano durante tres días seguidos. La vio en el escaparate de la más bonita tienda de una de las calles de Madrid. 

Una noche ocurrió algo horrible: una mano penetró en el escaparate, por la parte de la tienda, cogió a la dama por la cintura y se la llevó dentro. Pacorrito deseó morirse porque pensó que la habían vendido. Así fue. Una familia había comprado la señora. Los compradores salieron de la tienda y entraron riendo en un coche de lujo que se detuvo en el pórtico de una casa grande. 

Pacorrito Migajas logró entrar en esta casa. De repente, vio que la muñeca estaba tirada en el suelo con sus vestidos rasgados, su frente partida y uno de sus brazos roto. Recogió a su gentil dama y escapó de la casa. Pacorrito, muy triste, examinó las heridas del cuerpo de su amada y observó que no eran de gravedad. 

De pronto, la señora se fue recuperando, se levantó y mostró a Pacorrito su risueña cara, su frente sin heridas, su cuerpo sin la más leve rotura, su vestido completo y limpio, su cabello perfumado y adornado con un sombrero coquetón con diminutas flores. Fue entonces cuando ella le pidió a su enamorado que la siguiera para demostrarle su amor. Juntos llegaron a una gran sala iluminada donde había mil figurillas lujosamente vestidas. La amada, que parecía princesa, lo tomó de la mano y lo presentó a sus amigos. Después ordenó a los sirvientes que arreglaran las vestimentas de Pacorrito. Éstos le pusieron un pañuelo de papel, un sombrero de mimbre adornado con flores, un reloj y un cuchillo a modo de espada en la cintura. El vendedor de periódicos quedó tan guapo que no parecía él mismo. 

Después del baile y la exquisita cena, la Princesa le pidió que fuese su esposo. Él aceptó. Fue entonces cuando, abrazado a la señora, Pacorro Migajas se convirtió en muñeco. 

Desde ese momento empezó a experimentar sensaciones extrañas. Quiso moverse y no pudo, descubrió que era de piedra. A los pocos días se vio en un escaparate junto a otras figurillas y objetos, incluso le habían puesto precio: 240 reales. La gente se detenía al otro lado del cristal y se reía observando al gracioso muñeco que representaba un vendedor de periódicos y cerillas. 

Pacorro se había convertido en "¡Muñeco, muñeco, por los siglos de los siglos!".


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al cuento completo

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