miércoles, 16 de abril de 2014

PAISAJE GRANA


En este capítulo de Platero y yo podemos apreciar la genialidad de Juan Ramón Jiménez al explicar, de una forma tan hermosa, la sensación de belleza que envuelve al paisaje en un atardecer de primavera, donde el crepúsculo lo enrojece todo.

Traigo este capítulo de Platero al blog de la biblioteca porque en estos días se está hablando mucho del color rojizo de la luna, un fenómeno conocido como luna de sangre. Así podemos comparar la forma de ver el mundo a través de los ojos de un poeta con la forma de verlo a través de los ojos de un científico. Podríamos decir que el científico nos enseña la belleza real y nos explica el por qué de las cosas, mientras que el poeta se centra en la estética y nos enseña la belleza ideal. No son miradas opuestas; al contrario, ambas se complementan. Por eso, para tener una visión más amplia del mundo que nos rodea, es muy importante leer todo tipo de textos.

Así lo ve el poeta en el capítulo XIX:

PAISAJE GRANA

La cumbre. Ahí está el ocaso, todo empurpurado, herido por sus propios cristales, que le hacen sangre por doquiera. A su esplendor, el pinar verde se agria, vagamente enrojecido; y las hierbas y las florecillas, encendidas y transparentes, embalsaman el instante sereno de una esencia mojada, penetrante y luminosa.

Yo me quedo extasiado en el crepúsculo. Platero, granas de ocaso sus ojos negros, se va, manso, a un charquero de aguas de carmín, de rosa, de violeta; hunde suavemente su boca en los espejos, que parece que se hacen líquidos al tocarlos él; y hay por su enorme garganta como un pasar profuso de umbrías aguas de sangre.

El paraje es conocido; pero el momento lo trastorna y lo hace extraño, ruinoso y monumental. Se dijera, a cada instante, que vamos a descubrir un palacio abandonado... La tarde se prolonga más allá de sí misma, y la hora, contagiada de eternidad, es infinita, pacífica, insondable...

—Anda, Platero. 


Y así lo ve el científico:

El color cobrizo que la luna adquiere cuando es vista desde la Tierra se explica porque el efecto que ejerce la atmósfera del planeta, que se extiende unos 80 kilómetros más allá del diámetro terrestre y actúa como una lente, desvía la luz del sol. Mientras dura la refracción, los componentes azules son filtrados por la atmósfera, dejando pasar solo luz roja que es la que se ve finalmente reflejada por la luna, dándole un resplandor cobrizo.

La luz proveniente del sol es blanca (una mezcla de los colores que vemos en el arcoiris). Cuando entra en la atmósfera, la luz del sol choca con las moléculas de los gases que la componen y con las partículas en suspensión, y sufre variaciones.

La desviación que sufre la luz por efecto de los choques con las moléculas de oxígeno y de nitrógeno, es diferente para cada color. Técnicamente se diría, distinta para cada longitud de onda: mientras mayor es la longitud de onda, menos es la desviación.


Los colores que más se desvían son el violeta y el azul (los de menor longitud de onda), y los que menos se desvían son el amarillo, el naranja y  el rojo (cuya longitud de onda es la mayor del espectro visible). La trayectoria de la luz roja casi no sufre alteración.



Durante el día, al sol lo vemos amarillo-anaranjado porque nuestro ojo es particularmente sensible al amarillo. Pero en la tarde, por la posición del sol, la parte de atmósfera que tiene que atravesar la luz del sol es mayor que durante el resto del día. De modo que sufre numerosas desviaciones y el único color que llega a nuestros ojos es el rojo.




El violeta y el azul llegan a nosotros después de algunos rebotes en la atmósfera y parecieran venir de otras posiciones y no del sol. Por eso el cielo lo vemos azul.

Los fenómenos descritos se conocen con el nombre de Efecto Tyndall (en honor a John Tyndall, que dio en 1859 los primeros pasos para explicar el color del cielo) o Scattering de Rayleigh (que algunos años más tarde lo estudió con mayor detalle).

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